¿A que le estamos pidiendo que se adapte?

Publicado el 5 de octubre de 2026, 19:20

Psicología, salud mental y política de la vida cotidiana

Una reflexión sobre la supuesta neutralidad de la psicología y sobre por qué comprender el sufrimiento psicológico exige mirar también al mundo en el que vivimos.

Introducción

Existe una idea bastante extendida acerca de la psicología: la de que debe ser una disciplina neutral, objetiva y completamente ajena a cualquier posicionamiento político.

A primera vista, parece una idea razonable. La psicología es una ciencia y, como tal, necesita investigación rigurosa, métodos válidos y capacidad para contrastar sus hipótesis con la evidencia. Una intervención psicológica no debería convertirse en propaganda política ni el profesional debería imponer sus convicciones personales a quien acude a terapia.

Pero de ahí a afirmar que la psicología puede desarrollarse al margen de los valores y del contexto social existe un salto importante.

La cuestión, por tanto, quizá no sea preguntarnos si la psicología es “de izquierdas” o “de derechas”. Una pregunta mucho más interesante sería:

¿Puede la psicología ser completamente neutral cuando estudia, evalúa e interviene sobre personas que viven dentro de una determinada sociedad?

Mi respuesta es no.

Y esto no significa que la psicología científica tenga una ideología partidista concreta. Significa algo mucho más sencillo: la conducta humana no sucede en el vacío.

 


La persona no existe separada de su contexto

Durante mucho tiempo, buena parte de la investigación y de la práctica psicológica ha tendido a centrarse en el individuo: sus pensamientos, emociones, conductas, aprendizajes, rasgos, relaciones o historia personal.

Todo ello es relevante.

El problema aparece cuando transformamos esa mirada individual en una explicación suficiente.

Una persona no solamente tiene una determinada historia de aprendizaje. También vive en una familia, en un barrio, en un mercado laboral concreto, dentro de unas determinadas condiciones económicas, en una cultura determinada y sometida a unas relaciones de poder determinadas.

La Organización Mundial de la Salud define los determinantes sociales de la salud como las condiciones en las que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen, incluyendo el acceso al poder, al dinero y a los recursos. En 2025, la propia OMS insistía en que factores como la desigualdad económica, la discriminación estructural, la vivienda, la educación y las oportunidades laborales tienen una influencia sustancial sobre la salud y el bienestar.

En el ámbito específico de la salud mental, esta perspectiva tampoco es nueva. La literatura científica lleva años señalando la importancia de los determinantes sociales de los trastornos mentales y del bienestar psicológico, incluyendo factores económicos, ambientales, sociales, comunitarios y culturales (Alegría et al., 2018; Lund et al., 2018).

Por tanto, hablar de contexto no es convertir la psicología en sociología.

Es simplemente reconocer una evidencia básica:

las personas viven sus vidas en algún lugar.

 


¿Qué ocurre cuando la vivienda se convierte en una fuente permanente de amenaza?

Imaginemos a una persona que acude a terapia porque experimenta ansiedad constantemente.

Podríamos evaluar sus pensamientos, identificar conductas de evitación, trabajar técnicas de regulación emocional y enseñarle estrategias para relacionarse de manera diferente con sus pensamientos.

Todo ello puede ser útil.

Pero existe otra pregunta que también deberíamos hacer:

¿Qué está ocurriendo en su vida?

Porque quizá esa persona vive con la preocupación permanente de no poder pagar el alquiler.

Y esto no es una cuestión meramente anecdótica.

Una revisión sistemática publicada en 2026 analizó 22 estudios sobre inseguridad residencial y salud mental en personas adultas que alquilan vivienda. De los estudios que analizaban la asequibilidad, seis de nueve encontraron asociaciones significativas entre un alquiler inasequible y peor salud mental en personas con bajos ingresos; además, 12 de 14 estudios sobre inestabilidad residencial encontraron asociaciones significativas con problemas de salud mental. Los autores, eso sí, señalan que la certeza global de la evidencia oscila entre baja y muy baja debido a las limitaciones metodológicas de buena parte de los estudios. (Talmatzky et al., 2026).

Esto último es importante.

Reconocer la influencia del contexto no significa afirmar que una variable social cause automáticamente un trastorno psicológico.

La relación entre contexto y psicopatología es mucho más compleja.

Pero una cosa es reconocer esa complejidad y otra muy diferente ignorar el contexto.

Si una persona está sometida durante años a una situación de inseguridad residencial, quizá el objetivo terapéutico no pueda reducirse a conseguir que “aprenda a relajarse”.

La relajación puede ayudar.

Pero no elimina la incertidumbre de no saber si podrá seguir viviendo en su casa.

 


Y después está el trabajo

Algo parecido ocurre con el empleo.

Durante décadas se ha estudiado la relación entre trabajo, desempleo, inseguridad laboral y salud mental. La evidencia longitudinal disponible indica que la inseguridad laboral tiene una asociación perjudicial con la salud mental. En un metaanálisis de estudios longitudinales, la inseguridad laboral se relacionó con una mayor probabilidad de presentar problemas de salud mental, con una odds ratio resumen de 1,52. Los autores concluyeron que la inseguridad laboral probablemente tiene un efecto adverso sobre la salud mental, aunque también señalaron limitaciones importantes en la calidad y homogeneidad de la evidencia (Rönnblad et al., 2019).

Por tanto, quizá deberíamos tener cuidado con determinadas formulaciones.

Cuando alguien dice:

“No sé desconectar del trabajo.”

La respuesta no siempre puede ser:

“Tienes que aprender a poner límites.”

A veces sí.

Pero también deberíamos preguntarnos:

¿Qué posibilidades reales tiene esa persona de ponerlos?

¿Puede desconectar si teme perder el empleo?

¿Puede rechazar horas extra si necesita ese dinero?

¿Puede marcharse de un trabajo precario cuando lleva meses buscando otro?

¿Puede descansar realmente cuando su situación económica depende de trabajar más de lo que su cuerpo y su mente pueden soportar?

La intervención psicológica puede aumentar recursos personales.

Pero esos recursos no deberían utilizarse para convertir problemas sociales en déficits individuales.

 


Cuando el problema no está únicamente “dentro” de la persona

Esta cuestión se vuelve todavía más evidente cuando hablamos de discriminación.

Una persona que experimenta racismo, sexismo, homofobia o cualquier otra forma de discriminación no está experimentando únicamente una interpretación subjetiva de la realidad.

Está experimentando acontecimientos sociales reales.

Y la investigación experimental reciente aporta evidencia especialmente interesante. Un metaanálisis de 73 estudios experimentales, con más de 12.000 participantes y 245 tamaños de efecto, encontró que la exposición experimental a discriminación produjo un empeoramiento de indicadores de salud mental. Los efectos fueron especialmente relevantes en algunas formas de discriminación, entre ellas el racismo y el sexismo (Emmer et al., 2024).

Esto plantea una pregunta incómoda.

Si una persona recibe constantemente mensajes de inferioridad, rechazo, amenaza o exclusión debido a una característica de su identidad…

¿realmente podemos comprender su malestar sin hablar de esa experiencia?

Por supuesto que podemos intervenir sobre pensamientos, emociones y conductas.

Pero hacerlo sin comprender el contexto puede llevarnos a confundir la reacción de una persona ante una situación injusta con un defecto exclusivamente individual.

Y esto no es solamente una cuestión teórica.

Las propias directrices de la American Psychological Association sobre práctica multicultural plantean que los psicólogos deben considerar el entorno social y físico de las personas, sus experiencias culturales, la interseccionalidad y el impacto del poder, el privilegio y la opresión sobre la experiencia psicológica.

 


Entonces, ¿la psicología tiene ideología?

Aquí es donde creo que necesitamos hacer una distinción.

No, la psicología científica no es simplemente una ideología política.

La existencia de evidencia empírica no depende de que una persona sea de izquierdas, de derechas o de cualquier otra posición política.

Un experimento sigue siendo un experimento independientemente de quién lo realice.

Una escala sigue teniendo unas determinadas propiedades psicométricas independientemente de nuestras opiniones políticas.

Y un tratamiento psicológico debe evaluarse mediante evidencia, no mediante preferencias ideológicas.

Pero eso no significa que la psicología sea completamente neutral respecto a los valores.

Porque antes incluso de comenzar una intervención ya hemos tomado decisiones.

Hemos decidido qué consideramos salud.

Qué entendemos por bienestar.

Qué conductas queremos modificar.

Qué significa adaptación.

Qué consideramos funcional o disfuncional.

Qué objetivos priorizamos.

Y, sobre todo, a qué le pedimos a la persona que se adapte.

El psicólogo Isaac Prilleltensky lleva décadas defendiendo precisamente la necesidad de reconocer explícitamente la dimensión valorativa de la práctica psicológica y de incorporar cuestiones relacionadas con justicia social, poder, opresión y bienestar colectivo dentro de la psicología comunitaria (Prilleltensky, 2001).

No porque la psicología deba convertirse en un partido político.

Sino porque negar que existen valores no los hace desaparecer.

Simplemente los vuelve más difíciles de identificar.

 


El peligro de convertir problemas sociales en problemas individuales

Existe una consecuencia especialmente preocupante cuando olvidamos el contexto: podemos terminar individualizando problemas que no son exclusivamente individuales.

La persona está agotada.

Entonces trabajamos su gestión emocional.

Está angustiada por su situación económica.

Entonces trabajamos sus pensamientos catastróficos.

Está sobrecargada por un empleo precario.

Entonces trabajamos sus límites.

Está siendo discriminada.

Entonces trabajamos su autoestima.

Está viviendo una relación de violencia.

Entonces trabajamos su dependencia emocional.

En algunos casos, todas esas intervenciones pueden ser necesarias.

El problema aparece cuando la explicación termina ahí.

Porque entonces existe el riesgo de que la terapia se convierta, sin pretenderlo, en una herramienta para conseguir que las personas soporten mejor unas condiciones que quizá están dañando su bienestar.

Y aquí aparece una de las preguntas centrales de esta reflexión:

¿Estamos ayudando a la persona a vivir mejor o solamente a soportar mejor aquello que la está haciendo sufrir?

No son necesariamente cosas incompatibles.

Pero tampoco son lo mismo.

 


Esto no significa que “todo sea culpa de la sociedad”

También sería un error caer en el extremo contrario.

No todo malestar psicológico puede explicarse por la economía, la política, la cultura o las condiciones sociales.

Las personas tienen historias individuales.

Existen diferencias biológicas.

Hay procesos de aprendizaje.

Hay factores familiares.

Hay estilos de personalidad.

Hay experiencias traumáticas.

Hay relaciones interpersonales.

Hay factores protectores y factores de riesgo.

Y, probablemente, la forma más adecuada de entender el comportamiento humano sigue siendo una perspectiva compleja en la que múltiples niveles interactúan entre sí.

Precisamente por eso hablamos de modelos biopsicosociales y ecológicos.

No se trata de sustituir una explicación individual por una explicación social.

Se trata de impedir que una explicación individual se convierta en la única explicación posible.

 


¿Qué significa entonces hacer terapia teniendo en cuenta el contexto?

Significa empezar haciendo algo aparentemente sencillo:

preguntar.

Preguntar cómo vive la persona.

Qué ocurre en su trabajo.

Cómo es su situación económica.

Qué relaciones tiene.

Qué apoyos posee.

Qué experiencias de discriminación ha vivido.

Qué papel desempeña su cultura.

Qué está ocurriendo en su familia.

Qué condiciones materiales tiene.

Qué posibilidades reales tiene de cambiar aquello que le preocupa.

Y qué cosas, por mucho que trabajemos psicológicamente, no dependen exclusivamente de ella.

También significa diferenciar entre dos objetivos distintos.

Hay aspectos de la vida sobre los que una persona puede aumentar su capacidad de actuación.

Y hay otros sobre los que no puede ejercer un control directo.

Una buena intervención psicológica puede ayudar a distinguirlos.

Puede desarrollar habilidades de regulación emocional.

Mejorar la toma de decisiones.

Incrementar la capacidad de poner límites.

Trabajar patrones de relación.

Modificar conductas.

Aumentar flexibilidad psicológica.

Favorecer el apoyo social.

Pero también puede ayudar a una persona a comprender que no todo lo que está sintiendo es una prueba de que hay algo defectuoso en ella.

A veces estar triste frente a una pérdida es comprensible.

A veces sentir miedo ante una situación de amenaza es adaptativo.

A veces estar agotado ante una situación insostenible tiene sentido.

Y a veces el objetivo de la terapia no debería ser conseguir que la persona deje de reaccionar ante su realidad, sino ayudarla a encontrar una forma más saludable de relacionarse con ella mientras se amplían, en la medida de lo posible, sus alternativas.

 


 

¿Y dónde entra la política?

Quizá aquí esté el error de la pregunta inicial.

Cuando hablamos de “política”, muchas veces pensamos inmediatamente en partidos, elecciones o ideologías partidistas.

Pero la política también tiene que ver con cuestiones más básicas:

quién tiene acceso a qué recursos, quién tiene poder, qué oportunidades existen, qué condiciones laborales se permiten, quién está protegido y quién queda más expuesto.

Por eso los determinantes sociales y estructurales de la salud son inevitablemente cuestiones que conectan psicología, salud pública, economía y política.

La propia OMS señala que las desigualdades en salud no pueden abordarse únicamente desde el sistema sanitario y que requieren actuar sobre factores económicos, sociales y estructurales.

Esto no convierte a la OMS en un partido político.

Simplemente reconoce que las condiciones sociales producen consecuencias sobre la salud.

Y la psicología, si quiere comprender realmente a las personas, no puede actuar como si esas condiciones no existieran.

 


Una psicología situada

Personalmente, no creo en una psicología que renuncie al rigor científico para convertirse en activismo político.

Pero tampoco creo en una psicología que utilice el lenguaje de la neutralidad para evitar hablar de aquello que forma parte de la vida de las personas.

Creo en una psicología científicamente rigurosa y, al mismo tiempo, socialmente situada.

Una psicología capaz de trabajar con la persona sin olvidar el mundo en el que esa persona vive.

Una psicología que no reduzca la desigualdad a un problema de autoestima.

Que no convierta la precariedad en una simple dificultad para gestionar el estrés.

Que no interprete automáticamente la reacción ante la discriminación como una distorsión cognitiva.

Y que tampoco convierta cada problema psicológico en una consecuencia directa de la sociedad.

La clave está precisamente en poder sostener las dos cosas a la vez:

la persona y su contexto.

 


La pregunta que deberíamos hacernos

Quizá, al final, la cuestión no sea:

“¿La psicología es política?”

Quizá la pregunta más importante sea otra.

Cuando una persona llega a consulta diciendo:

“Estoy agotado.”

“Estoy angustiada.”

“No puedo más.”

“No consigo dormir.”

“No sé qué hacer con mi vida.”

“No soy suficiente.”

“No puedo permitirme independizarme.”

“Odio mi trabajo.”

“Tengo miedo.”

“Me siento fuera de lugar.”

Antes de preguntarnos únicamente:

“¿Qué le pasa a esta persona?”

también deberíamos preguntarnos:

“¿Qué está pasando alrededor de esta persona?”

Porque quizá necesitemos trabajar con sus pensamientos.

Quizá necesitemos trabajar sus conductas.

Quizá necesitemos mejorar sus relaciones.

Quizá necesitemos construir nuevas habilidades.

Pero quizá también necesitemos reconocer algo mucho más incómodo:

que algunas veces el sufrimiento no es únicamente el resultado de no saber adaptarnos.

A veces sufrimos porque estamos intentando sobrevivir dentro de unas condiciones que realmente son difíciles.

Y por eso, antes de pedirle a alguien que se adapte, quizá deberíamos hacernos una última pregunta:

¿A qué le estamos pidiendo que se adapte?

 


 

Nota final

Este artículo es una reflexión de divulgación basada en literatura científica y marcos profesionales sobre determinantes sociales, contexto, discriminación y práctica psicológica. Reconocer la influencia del contexto social no implica negar los factores individuales, biológicos o psicológicos, ni afirmar que todas las formas de malestar tengan una explicación política.

Referencias

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Rönnblad, T., Grönholm, E., Jonsson, J., Koranyi, I., Orellana, C., Kreshpaj, B., Chen, L., Stockfelt, L., & Bodin, T. (2019). Precarious employment and mental health: A systematic review and meta-analysis of longitudinal studies. Scandinavian Journal of Work, Environment & Health, 45(5), 429–443. https://doi.org/10.5271/sjweh.3797

Talmatzky, M., Nohr, L., Knaevelsrud, C., & Niemeyer, H. (2026). Exploring the association between housing insecurity and mental health among renters: A systematic review of quantitative primary and secondary studies. PLOS ONE, 21(1), e0294222. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0294222

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