El pueblo contra el individualismo: la psicología de volver a encontrarnos

Publicado el 13 de octubre de 2026, 12:08

En una sociedad que nos enseña a salir adelante por nuestra cuenta, encontrarnos con otras personas para defender aquello que nos importa puede tener un significado que va mucho más allá de la protesta.

Estudia. Trabaja. Esfuérzate. Ahorra. Mejora. Sé independiente. No dependas de nadie.

Desde pequeños aprendemos que salir adelante depende, en buena medida, de nuestra capacidad individual para superar obstáculos. Nos acostumbramos a medir nuestros progresos en función de nuestros logros y a interpretar nuestras dificultades como problemas que debemos resolver por nuestra cuenta.

Y, en muchos sentidos, desarrollar autonomía es positivo. Tener capacidad para tomar decisiones, construir un proyecto de vida y asumir responsabilidades es importante para nuestro bienestar. El problema aparece cuando llevamos esta idea al extremo y empezamos a interpretar que todo depende exclusivamente de nosotros.

Si no conseguimos el trabajo que queremos, quizá nos falte preparación. Si no podemos independizarnos, quizá no hemos ahorrado lo suficiente. Si estamos agotados, quizá necesitamos organizarnos mejor. Si las cosas no salen como esperábamos, quizá deberíamos esforzarnos un poco más.

A veces estas explicaciones pueden ayudarnos a identificar aspectos que sí podemos cambiar. Pero otras veces nos llevan a ignorar las circunstancias en las que estamos intentando construir nuestra vida.

¿Y si hemos aprendido a responsabilizarnos individualmente de problemas que también tienen una dimensión colectiva?

Esta pregunta resulta especialmente relevante cuando hablamos de vivienda, precariedad económica o incertidumbre sobre el futuro. Son situaciones que afectan a las decisiones personales, pero que también dependen de las oportunidades disponibles, las condiciones materiales y el contexto social.

Cuando olvidamos esa dimensión, corremos el riesgo de convertir cualquier dificultad en una prueba de nuestra insuficiencia personal. Y entonces ya no solo tenemos un problema: también podemos llegar a pensar que somos el problema.

Cuando lo que nos ocurre deja de ser exclusivamente nuestro

Imaginemos a una persona joven que trabaja, intenta ahorrar y quiere independizarse, pero descubre que no puede asumir el coste de una vivienda.

¿Qué explicación puede darse a sí misma?

Puede pensar que no gana suficiente, que debería haber estudiado otra cosa, que necesita esforzarse más o que está tomando malas decisiones. Algunas de estas cuestiones podrían merecer una revisión práctica. Sin embargo, si muchas personas con circunstancias diferentes encuentran obstáculos parecidos, resulta insuficiente explicar el fenómeno únicamente a partir de las decisiones individuales.

Una cosa es preguntarnos qué podemos hacer ante una dificultad y otra es asumir que somos responsables de todas las condiciones que la producen.

La psicología no necesita negar la responsabilidad personal para reconocer la influencia del entorno. Ambas dimensiones pueden coexistir. La dificultad surge cuando solo prestamos atención a la primera.

Porque, si interpretamos cada problema como un fracaso privado, tendemos a buscar soluciones exclusivamente privadas. Nos esforzamos más, nos comparamos con otras personas y tratamos de encontrar la estrategia que nos permita salir adelante. Mientras tanto, podemos dejar de reconocer que otras personas están atravesando dificultades similares y que algunas de esas dificultades requieren respuestas que van más allá de la capacidad individual.

No se trata de afirmar que todas las personas viven lo mismo ni que todos los problemas tienen una única causa. Se trata de ampliar nuestra forma de comprenderlos.

A veces, entender que no estamos solos no cambia inmediatamente nuestras circunstancias, pero sí puede cambiar la manera en que interpretamos lo que nos ocurre.

La psicología social lleva décadas estudiando cómo nuestra pertenencia a grupos influye en nuestra identidad, nuestras emociones y nuestra conducta. Desde la teoría de la identidad social, sabemos que no construimos nuestra identidad únicamente a partir de características individuales: también influye nuestra pertenencia a grupos con los que nos identificamos y que nos proporcionan referencias compartidas para comprender el mundo.

La pertenencia a grupos significativos puede contribuir a generar conexión, propósito y apoyo. Haslam et al. (2022) destacan la importancia de las conexiones grupales para proporcionar sentido y apoyo social, con implicaciones relevantes para la salud mental.

Esta perspectiva ayuda a comprender por qué encontrarnos con otras personas que comparten una preocupación puede resultar tan significativo.

Pensemos de nuevo en la vivienda. Una persona puede vivir la imposibilidad de independizarse como una experiencia íntima, incluso vergonzosa. Puede sentir que está quedándose atrás respecto a sus amistades o que no está cumpliendo con las expectativas que tenía sobre su vida adulta.

Sin embargo, al encontrarse con otras personas que atraviesan dificultades similares, puede descubrir que su experiencia no es excepcional ni puede explicarse únicamente por sus decisiones.

No desaparecen las dificultades económicas. Tampoco se resuelven automáticamente los problemas de acceso a la vivienda. Pero aparece otra posibilidad: compartir experiencias, reconocer preocupaciones comunes y construir vínculos alrededor de ellas.

En un estudio realizado en cinco países europeos, Heu et al. (2019) encontraron asociaciones entre la orientación individualista o colectivista y la soledad. Sus resultados invitan a examinar cómo la forma en que entendemos nuestra relación con los demás se relaciona con la experiencia de conexión social. No obstante, al tratarse de asociaciones estadísticas, no permiten concluir que adoptar una orientación colectivista elimine la soledad ni que cualquier forma de vida colectiva sea necesariamente beneficiosa.

Lo importante es reconocer que nuestra relación con los demás no constituye un simple complemento de la vida individual. La conexión social también forma parte de las condiciones que pueden favorecer nuestro bienestar.

No somos únicamente individuos que, de vez en cuando, se relacionan. También somos personas que construyen parte de quienes son a través de sus relaciones y pertenencias.

¿Qué ocurre cuando un pueblo sale a la calle?

Una manifestación por la vivienda puede contemplarse desde muchas perspectivas: económica, política, jurídica o sociológica. Pero también permite observar cómo una preocupación compartida puede convertirse en acción colectiva.

Miles de personas se reúnen. Algunas conocen perfectamente las reivindicaciones del movimiento; otras acuden por primera vez. Algunas participan desde hace años en organizaciones sociales y otras simplemente sienten que necesitan hacer algo ante una situación que les preocupa.

No todas tienen las mismas motivaciones ni interpretan la realidad de idéntica manera. Sin embargo, pueden encontrar un punto de encuentro en una preocupación común.

La investigación sobre acción colectiva permite comprender algunos de los procesos que intervienen en estas situaciones. En un metaanálisis, van Zomeren et al. (2008) integraron tres perspectivas psicológicas relacionadas con la participación colectiva: la percepción de injusticia, la identidad social y la eficacia colectiva.

En términos sencillos, estos procesos ayudan a explicar por qué una persona puede sentirse motivada a participar cuando percibe una situación como injusta, se identifica con otras personas afectadas y considera que actuar conjuntamente puede tener alguna utilidad.

Esto no significa que toda indignación desemboque en una movilización ni que todas las manifestaciones consigan sus objetivos. La participación colectiva depende de múltiples factores, entre ellos las oportunidades, los recursos, las relaciones sociales y las circunstancias políticas.

Pero sí nos permite comprender algo importante: la acción colectiva no consiste simplemente en sumar individuos que sienten lo mismo; también implica construir una percepción compartida de quiénes somos, qué nos preocupa y qué podemos intentar hacer juntos.

Y quizá aquí resida parte de la belleza de encontrarnos en una plaza o recorrer una calle junto a miles de desconocidos.

Durante un momento, una preocupación que parecía pertenecer exclusivamente a nuestra vida privada adquiere una dimensión compartida. Descubrimos que existen otras personas dispuestas a implicarse, a escuchar, a organizarse y a defender aquello que consideran importante.

No es una solución mágica. Es una forma distinta de relacionarnos con un problema.

La autonomía no debería convertirse en aislamiento

Cuando una sociedad insiste constantemente en la autosuficiencia, puede transmitir la impresión de que cada persona debería ser capaz de resolver por sí misma cualquier dificultad. Sin embargo, la autonomía real siempre se desarrolla dentro de unas condiciones concretas.

Podemos tomar decisiones, esforzarnos y desarrollar habilidades, pero no controlamos todas las oportunidades disponibles, las circunstancias económicas, las decisiones de otras personas ni los acontecimientos que afectan a nuestras vidas.

Confundir autonomía con control absoluto puede resultar frustrante. Si creemos que nuestro bienestar depende exclusivamente de nuestra capacidad individual, cualquier obstáculo puede convertirse en una acusación contra nosotros mismos. Y si, además, interpretamos pedir ayuda como una señal de debilidad, podemos terminar afrontando en soledad situaciones en las que el apoyo de otras personas sería importante.

Esto no significa que la independencia personal sea negativa. Tampoco implica que toda dificultad deba resolverse colectivamente.

Significa que ser autónomos no exige ser autosuficientes en todo momento.

Podemos tomar nuestras propias decisiones y, al mismo tiempo, necesitar apoyo. Podemos responsabilizarnos de nuestra conducta y reconocer que existen condiciones que no dependen exclusivamente de nosotros. Podemos desarrollar recursos personales y participar en comunidades que nos proporcionen vínculos y oportunidades.

La autonomía y la interdependencia no tienen por qué ser opuestas. Reconocer nuestra interdependencia puede ayudarnos a construir una autonomía más realista, compatible con nuestras necesidades y con las de quienes nos rodean.

Por supuesto, pertenecer a un grupo tampoco garantiza que la experiencia sea positiva. Los grupos pueden excluir, ejercer presión sobre sus integrantes, fomentar prejuicios o dificultar el pensamiento crítico. La identidad colectiva no garantiza que una reivindicación sea justa ni que las estrategias empleadas sean eficaces.

Por eso no se trata de sustituir el individualismo por una obligación de pensar todos igual, ni de considerar que cualquier causa colectiva es necesariamente beneficiosa. Se trata de recuperar la posibilidad de cooperar sin renunciar a nuestra capacidad crítica.

Podemos compartir objetivos con otras personas y mantener nuestras diferencias. Podemos organizarnos alrededor de una preocupación común sin tener que coincidir en todos los aspectos de nuestra vida. Podemos apoyarnos mutuamente sin perder nuestra autonomía.

La cuestión no es elegir entre el individuo y el grupo, sino comprender cómo pueden relacionarse de una forma que favorezca tanto la libertad personal como el bienestar compartido.

Qué bonito que todavía nos importe

Desde la psicología podemos ayudar a las personas a comprender sus emociones, desarrollar habilidades, tomar decisiones y afrontar las dificultades de su vida. Pero también debemos reconocer que las personas no viven aisladas de su entorno.

La salud mental está relacionada con múltiples factores individuales, relacionales y sociales. Por eso, comprender el sufrimiento requiere evitar tanto las explicaciones que responsabilizan exclusivamente al individuo como aquellas que ignoran su historia, sus recursos y su capacidad de actuación.

En ocasiones, la intervención más útil consistirá en desarrollar habilidades personales. En otras, será importante fortalecer las relaciones de apoyo, facilitar el acceso a recursos o comprender las condiciones que mantienen una situación difícil. Y en muchos casos, estas dimensiones estarán relacionadas.

La psicología no puede resolver por sí sola una crisis de vivienda ni sustituir las decisiones colectivas necesarias para afrontar determinados problemas sociales. Pero sí puede contribuir a comprender cómo experimentamos esas dificultades, cómo nos relacionamos con los demás y qué factores influyen en nuestra disposición a actuar.

También puede ayudarnos a cuestionar una idea profundamente arraigada: que afrontar la vida consiste, ante todo, en aprender a salir adelante por nuestra cuenta.

Porque una cosa es desarrollar recursos para vivir mejor y otra muy diferente es olvidar que necesitamos relaciones, comunidades y condiciones que hagan posible esa vida.

Quizá el problema del individualismo no sea que nos anime a cuidar de nosotros mismos, sino que, llevado al extremo, puede hacernos olvidar que nuestra vida también está conectada con la de otras personas.

Nos recuerda constantemente que debemos progresar, mejorar y encontrar nuestro lugar, pero no siempre nos invita a preguntarnos qué condiciones necesitamos compartir para que todos podamos construir una vida digna.

Por eso resulta tan significativo encontrarnos con personas que se organizan para defender una preocupación común. No porque reunirse garantice cambiar las cosas, ni porque la acción colectiva pueda sustituir todo lo que necesitamos hacer individualmente, sino porque nos recuerda que existen problemas que no se comprenden por completo desde la experiencia individual y que, en ocasiones, requieren respuestas compartidas.

Quizá una de las cosas más humanas que podemos hacer sea reconocer que nuestra vida no termina en nosotros mismos. Que podemos cuidar de nuestros propios proyectos sin dejar de preocuparnos por las condiciones en las que viven los demás. Que podemos construir autonomía sin convertirla en aislamiento.

Y que podemos encontrarnos con personas diferentes para intentar mejorar algo que consideramos importante.

Porque vivir mejor no consiste únicamente en conseguir que nuestra propia vida salga adelante. También consiste en preguntarnos qué clase de mundo queremos compartir con los demás.

Y, en una sociedad que tantas veces nos invita a mirar exclusivamente por nosotros mismos, quizá haya algo profundamente valioso en seguir siendo capaces de encontrarnos.

En seguir escuchándonos. En seguir organizándonos. En seguir creyendo que hay cosas que merecen nuestra implicación.

Qué bonito que, a pesar de todo, todavía nos importe.

 


 

Referencias bibliográficas

Haslam, S. A., Haslam, C., Cruwys, T., Jetten, J., Bentley, S. V., Fong, P., & Steffens, N. K. (2022). Social identity makes group-based social connection possible: Implications for loneliness and mental health. Current Opinion in Psychology, 43, 161–165. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2021.07.013

Heu, L. C., van Zomeren, M., & Hansen, N. (2019). Lonely alone or lonely together? A cultural-psychological examination of individualism–collectivism and loneliness in five European countries. Personality and Social Psychology Bulletin, 45(5), 780–793. https://doi.org/10.1177/0146167218796793

van Zomeren, M., Postmes, T., & Spears, R. (2008). Toward an integrative social identity model of collective action: A quantitative research synthesis of three socio-psychological perspectives. Psychological Bulletin, 134(4), 504–535. https://doi.org/10.1037/0033-2909.134.4.504

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